El azar, la casualidad, el destino y otros misterios.

El azar, la casualidad, el destino y otros misterios.
A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

Jean de La Fontaine (1621-1695) Escritor y poeta francés.

 

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A veces me descubro tejiendo planes, como quien teje la suave bufanda del destino, con la seguridad de que, una vez acabada, será una prenda cálida, agradable y amorosa que utilizaré en los días fríos del invierno… De alguna manera tengo la certeza de que eso será así: tejo la bufanda y la uso, y ¡más feliz que una perdiz!

Pero tratar de tejer el futuro quizá sea un acto de soberbia, porque  ¿de dónde nos hemos sacado la certeza de que depende de nosotros? ¿Está, realmente, siempre en nuestras manos elegir un camino?

Una leyenda oriental

De Oriente no sólo vienen SS.MM. los Reyes Magos, que más que Reyes, parece ser que eran sabios.

Desde Japón, y también desde China, nos llega una conmovedora leyenda que nos habla del destino, de un hilo rojo y de nuestros dedos meñiques.

La elección del dedo meñique no es casual; obedece, en principio, a un aspecto puramente anatómico: la arteria ulnar realiza su recorrido desde este dedo hasta llegar al corazón y así, nuestro dedo más pequeño, se convierte en su prolongación externa… Al final, como en toda leyenda que se precie, realidad y ficción se confabulan para ofrecernos una versión cargada de romanticismo y ternura y misterio, a partes iguales:

¿Qué pensaríais si os digo que hagáis lo que hagáis, acabaréis conociendo, sí o sí, a las personas que el destino ha previsto que formen parte de vuestras vidas?

Según cuenta la leyenda,  las personas que están predestinadas a conocerse  se encuentran unidas entre sí por un fino hilo de color rojo, cuyos cabos llevan anudados a sus respectivos meñiques, como símbolo de la unión de sus sentimientos.

un hilo invisible

 

Ese hilo es invisible y nos acompaña desde nuestro nacimiento hasta el fin de nuestros días.

No importan las circunstancias, ni el tiempo, ni la distancia ni el lugar: esas dos personas tienen que encontrarse… Y se encontrarán; no importa si el hilo se estira, se encoge, se tensa o se enreda: no se romperá jamás, porque esos hilos nos atan, eternamente, a  todas las personas que, por algún motivo, formarán parte, tarde o temprano, de nuestras vidas.

La leyenda se apoya en dos relatos muy diferentes entre sí:

El primero de ellos, y el más extendido, nos habla de un emperador, muy joven y arrogante, incapaz de entender el auténtico sentido de la unión que ha decidido, para él, el destino, a través de su hilo rojo. Al final, la historia, como es de esperar, acaba con sorpresa y moraleja, por supuesto, pero no es bonita ni romántica, así que mejor la descartamos y pasamos a la siguiente:

La segunda historia nos habla de un anciano misterioso y solitario que vive en la Luna. No se trata de un anciano cualquiera, sino de un sabio venerable que elige las uniones con criterio, sabiduría y bondad.  El anciano sale de su casa cada noche en busca de nuevas almas que emparejar y de entre los bebés recién nacidos, busca aquellas almas que están predeterminadas a unirse, con otras, en la tierra, de manera que cuando los encuentra, los une con un hilo rojo para que no se pierdan y puedan encontrarse el día señalado; así, a medida que el momento del encuentro se acerca, el hilo se va tensando y tensando, lo que va provocando el acercamiento hasta que, finalmente, las dos personas se encuentran.

¿Será, entonces, verdad que no conocemos a las personas de manera accidental, que por alguna razón estamos predestinados a cruzarnos en determinados caminos de la vida, con personas concretas?

Casualidades

Al hilo de la leyenda anterior, mis neuronas se disparan y empiezo a reflexionar sobre el destino, la casualidad, el azar…

Diría que a estas alturas de mi vida poco o nada creo en la caSUAlidad, esa “caUSAlidad azarosa” que rige la razón y la lógica de lo imprevisto.

Sí, cierto, la casualidad, aparentemente, sucede, pero más allá de lo visible e invisible: una frágil trama de aparentes causas, efectos, razones y porqués se entreteje en una compleja estructura de piezas que acaban, necesariamente, por encajar… Y es que parece ser que siempre hay un motivo; cuando lo descubrimos, se produce la magia e, inevitablemente, acabamos aprendiendo algo más sobre nosotros mismos, sobre el sentido de nuestras vidas, sobre el mundo y sus misterios.

No es éste, mío, un pensamiento original, igual que no es, para nada, un pensamiento ecléctico, neutro y moderado: aferrarse a la ausencia de casualidad nos sitúa en un punto muy concreto de la filosofía humana, muy alejado de la ponderación y del equilibrio de los términos medios: lo sé.

Para colmo de males, ni siquiera sé si este “modus pensandi”  resulta peligroso per se; a lo único que atino, de momento, es a entender que esta manera de sentir la vida nos podría llevar a vivir en un estado de perpetua alerta, intentando interpretar cada pequeño gesto o movimiento del Universo, algo impensable, además de poco saludable, por supuesto.

Pero no puedo evitarlo: a veces siento la vida así, a veces la vivo así y así, a veces, la entiendo, quizá porque un destino plagado de causas y porqués ha escrito páginas y páginas en mi vida que al releerlas, con la perspectiva que siempre ofrece el pasado, han arrojado mucha luz sobre esta idea:

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Una de las personas más importantes que se cruzó en mi vida (y yo en la suya), hace muchos años, lo hizo de manera, aparentemente casual: después de quince años sin noticias respectivas y habiendo hecho cada uno de nosotros su vida, sin contar para nada con la del otro, de repente, un día “cualquiera”, después de dudar, y volver a dudar y desestimar, y volver a dudar y decidir, definitivamente, que sí, que saldría a hacer la compra, a pesar de lo tarde que era, no sólo tomé, como digo, la decisión de hacerlo, sino que además elegí, para ello, un supermercado al que no iba nunca, y cuando digo nunca, quiero decir ¡jamás!, pero llegando, casi, a la puerta del establecimiento, allí estaba esa persona, caminando hacia mí, con su sonrisa inconfundible y su andar perezoso y elástico; las manos en los bolsillos y la cabeza despeinada y medio gacha…

Lo que aparentemente empezó como una simple casualidad, se convirtió, con el paso del tiempo, en parte inseparable e imprescindible de mi vida, de mi historia y de mi emocionario personal.

Sucede, sin embargo, que hasta que no llega el final, el que sea (el final de la historia, del proceso, del momento, del instante o de la vida), hasta que no llega el final, decía, no sabemos si lo que el inexistente azar nos trajo aquel día será algo insignificante dentro de nuestras pequeñas vidas o si, por el contrario, ese cruce de caminos se acabará convirtiendo en uno de los pilares sobre los que se sustentará nuestra vida, aunque sólo sea durante un espacio de tiempo… O durante toda una existencia, quién sabe.

El tiempo, tan inexorable y tan sabio, me demostró, como no podía ser de otra manera, al final, que aquel circunloquio del destino tuvo más vocación de pilar sólido que de “pluma al viento”.

Aún hoy, muchos años después de haber escrito, a cuatro manos, las últimas líneas de aquella historia común, sigo pensando y, especialmente, sintiendo, que aquella falsa casualidad cambió mi vida y me convirtió en la mujer adulta que hoy soy, por lo que desde aquí, pues, y desde la humildad más profunda de la que soy capaz, agradezco al azar inexistente que me llevara por aquellos derroteros tan necesarios en aquellos momentos y trenzara mi destino con personas maravillosas que me enseñaron, entre tantas-tantísimas cosas, a tratar de entender la vida desde la paz,  la sencillez y la bondad.

Ya lo dijo, mucho antes que yo, y mucho mejor, desde luego, Ernesto Sábato: “No hay casualidades sino destinos. No se  encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo y oscuro de nuestro corazón”…. Y yo añadiría: “y que, a veces, ni siquiera sabemos que lo andamos buscando”

 

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¿camina, el destino, por delante de nosotros?

 

¿Creéis en el destino? ¿Creéis en la casualidad? ¿Todo sucede por una razón predeterminada o, justamente, sucede por azar? ¿El hilo rojo ha llevado hasta vuestras vidas personas que jamás hubierais pensado conocer?… ¿Será verdad que el destino camina siempre por delante de nosotros?

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4 comentarios

  1. Lo que cuentas de la persona que conociste en el supermercado, me hizo recordar la secuencia de la película Nine Lives de Rodrigo García, donde el personaje de Diana interpretado por Robin Wright Penn, se reencuentra con un ex. Curioso.

    1. Hola Edward! Sí, fue realmente curioso. No tengo la suerte de conocer la película a la que te refieres, pero sí que tengo claro que, normalmente, la realidad supera la ficción, la imaginación y casi todo lo que acabe en “on” y tenga que ver con la capacidad humana de elucubrar.
      La persona con la que me “reencontré”, camino del supermercado al que no iba nunca, había sido un compañero de colegio, también compañero de instituto y amor de infancia-adolescencia…Amor de aquellos de “me gustas”… “te puedo coger la mano?”
      La vida es una auténtica experta en sorpresas. Es una de sus virtudes, no te parece?
      Gracias por tu comentario: la gracia de escribir un blog es que quien te lee interactue, comente, opine, te aporte, te enseñe… Un saludo!

  2. Creo firmemente en el destino, y que pocas cosas suceden por azar. MaraBillosa entrada que no había leído en su momento y que tiene que ver con la respuesta que antes te dí, no creo en las casualidades, creo que todo sucede porque así ha de suceder y que de todo se aprende. Una vez más, gracias por el post. Muac!

    1. Pues pensamos exactamente lo mismo. El tema del destino daría para una serie completa de posts… Igual me animo!!… (Amenazo)
      Pero es cierto: eso que te sucede y que justo en el momento no lo entiendes, pero pasado un tiempo, de repente, te quedas patidifusa y dices: ahora lo entiendo, sino hubiera pasado “X”, ahora no podría estar pasando “Y”…
      Aunque esto de creer en el destino, etc, etc, dicen que es más propio de “gallegos”… Jajajaja… Yo creo que después de tantos viajes por allí, algún aire gallego me traje para Barcelona… Qué preciosa Galicia. Quiero volver!
      Ara, muchas gracias por tus comentarios, no te imaginas cuánto me gustan; al final escribimos para que nos lean, pero cuando alguien deja un comentario es mágico, porque se establece una conexión que antes no existía, muy especial.
      Un abrazo grande, bonita! que paséis un gran finde!!! Muacsss

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