¿Qué harías si no tuvieras miedo? (Parte II)

¿Qué harías si no tuvieras miedo? (Parte II)
"Quien vive temeroso, nunca será libre."

Horacio (65 AC-8 AC) Poeta latino.

 

 

IMG_6849 (2) diente de león... Pide un deseo

 

El aprendizaje del miedo es todo un “arte”. Nuestra cultura occidental es una auténtica doctora en la materia. Las religiones culpabilizadoras han creado profundas cicatrices que perduran en la memoria.

Las culturas orientales más próximas tampoco escapan de la lacra.

El miedo es el nuevo dogma de fe, uno más a añadir a la retahíla de “Dogmas sobre las últimas cosas”. No es el amor el que mueve el mundo: ha sido y es el miedo.

Protejamos a nuestros niños del miedo. Criemos niños felices y libres, sin miedo. Respetuosos y empáticos, dialogantes y pacíficos… sin miedo.

Que no sea el miedo la placenta temerosa que los acoja. Que sea el amor, la generosidad, la bondad, pero nunca el miedo.

Celebremos la libertad. No olvidemos, nunca, que muchas veces el miedo no es más que un simple recuerdo emocional y que, en realidad, ya no existe.

El miedo, como la felicidad, como el enfado, como el amor, la sorpresa, el desagrado o la tristeza, es só-lo una e-mo-ci-ón.

¡Só-lo-u-na-e-mo-ción!

En diciembre de 1996, un gran psiquiatra, me recomendó un libro sorprendente. Lo había escrito un psicólogo estadounidense llamado Daniel Goleman. Compré, exactamente, la 4ª edición española de “Inteligencia Emocional”.  Después de 20 años, aún, a veces, lo sigo releyendo. En aquel momento fue una auténtica revolución conceptual.

Empezaba, el libro, con una cita de Aristóteles: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”

Acababa, el libro, con un sencillo agradecimiento a su esposa por ofrecerle el entorno de “calor, amor e inteligencia” necesario para que su proyecto viera la luz.

Principio y fin presagiaban y resumían, respectivamente, la esencia de ese libro, los sencillos mimbres que trenzaron aquella literatura tan lúcida como explicativa: poco más de 500 páginas que asentaron las bases de un exhaustivo estudio sobre la inteligencia emocional, las inteligencias múltiples y la necesidad de dotar de inteligencia a la emoción, y de emoción a la inteligencia: el ser humano entendido como un todo (cuerpo y mente), con potencialidad y valores propios, intrínsecos e incuestionables; en algún capítulo Goleman cita textual a Howard Gardner, quien afirma: “Deberíamos invertir menos tiempo en clasificar a los niños y ayudarles más a identificar y a cultivar sus habilidades y dones naturales. Existen miles de formas de alcanzar el éxito y multitud de habilidades diferentes que pueden ayudarnos a conseguirlo”.

Si nos dijeran que este pensamiento lo acaban de argumentar hace apenas un par de horas, no nos sorprendería en absoluto, pero han pasado los años, veinte, para ser exactos, y poco hemos avanzado. Aquí, en nuestro país, la educación de nuestros hijos, sigue transcurriendo, las más de las ocasiones, por senderos trillados y pisoteados, anteriormente, por los miles y miles  de escolares que los recorrieron antes que ellos, con idéntico éxito.

Hoy sabemos que “la educación emocional vertebra el desarrollo personal”. No lo digo yo, lo dice Rafel Bisquerra, Catedrático de Orientación Psicopedagógica en la Universidad de Barcelona y fundador de la FEM (Fundación Educación Emocional) y creo que a estas alturas nadie se atreve a ponerlo en duda. Bisquerra también afirma algo de vital importancia: “las competencias emocionales se pueden adquirir, es decir, se pueden educar, por tal motivo, es importante que la educación emocional comience desde el nacimiento.”

Ahora, y nunca es tarde, sabemos, también, que las bases de la educación emocional se asientan sobre tres pilares básicos:

  1. Enseñar a nuestros niños (hijos, alumnos,…) a identificar y reconocer las emociones propias y también las ajenas.
  2. Aceptar y comprender cada emoción concreta.
  3. Conseguir un cauce adecuado a través del cual poder expresar, moldear y dirigir la emoción de una manera positiva y constructiva.

Nosotros, en su momento, no recibimos formación al respecto: crecimos en medio de una considerable incultura emocional y muchos de nosotros no hemos caído en la cuenta hasta que no hemos sido adultos. Arrastramos un vacío emocional (a modo de vacío legal) desde el que en muchas ocasiones no sabemos cómo desenvolvernos. La educación de nuestros niños se nos complica en el momento en el que no sabemos dar respuestas emocionales a cuestiones emocionales y pretendemos resolver esas situaciones desde un frente puramente racional.

¿Cuántas veces nos sentimos confundidos y son nuestros hijos los que nos dan una pista sobre lo que nos está pasando?

A mí me ha pasado y me pasa muchas veces. No siento vergüenza alguna por reconocerlo. A veces soy yo la que ayuda a mi hija, pero tantas otras es ella la que me ayuda a mi.

Creo que el mejor regalo que podemos hacerles a nuestros hijos es su propia libertad: ofrecerles una educación que fomente el desarrollo de su inteligencia emocional, el respeto hacia su persona y hacia quienes le rodean, el valor por su propia autoestima y su autonomía. Que crezcan libres y sin miedo al miedo, sin miedo a ser, sin miedo a sentir.

Y tú, ¿qué harías si no tuvieras miedo?

 

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2 comentarios

    1. Gracias a ti, Ara, por pasarte. Me encanta el feed que tenemos. ¡Esta conexión!
      En realidad no sé hasta qué punto el miedo maneja, en algún momento tu vida; en la mía se instala de vez en cuando, pero lo peor no es recibir esa inesperada y desagradable visita, sino el no saber,a veces, cómo gestionarla… No nos enseñaron nada sobre este tema: una pena. Un abrazo grande, que me han dicho que se te dan de maraBBBilla los de cuello!! 😉

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