San Valentín: locos… ¡de amor!

San Valentín:  locos… ¡de amor!
"El amor conyugal halla su enemigo en el tiempo, su victoria en el tiempo y su eternidad en el tiempo"

Sören Kierkegaard (Copenhague, 1813-1855). Filósofo danés

 

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Por aquellas fechas San Valentín  aún no existía, pero dicen algunos expertos que todo empezó así, con el gesto simple y aparentemente inocente y saludable de morder una manzana y que, en lo que a las cosas del amor se refiere, todo arranca gracias a la capacidad seductora de La Mujer, a su tozudez y a su criterio inquebrantable: la curiosidad femenina, motor de tantos y tantos momentos sublimes de la Historia… Sí, todos sabemos, a estas alturas, que “la curiosidad mató al gato”,… (pero antes lo hizo más sabio).

Bueno, digamos que arranca ahí, y, además, de la voluntad, transitoriamente enajenada, Del Hombre, que sucumbió a los encantos de La Mujer y se dejó alcanzar por la primera flecha enamorada de la Historia.

A partir de ese momento histórico, que bien podríamos llamar El Momento, la Vida y el Mundo se configuraron, grosso modo, tal y como los conocemos hoy y, así, el Amor, desde entonces, se debate entre dicotomías ancestrales del tipo tomar-dejar, dolor-placer, felicidad-tristeza, vino-cerveza, caricia-revolcón, labios rojos-cara lavada, slip-boxer, para siempre-mientras dure, braga-tanga, te quiero-te odio, abrázame-me das calor, dime que me quieres- pero así no tiene gracia que te lo he pedido yo,… Pimpinela lo entendió hace añísimos, y lo borda, sinceramente 😉

Ese impulso femenino que se cruzó en el camino del buen hacer masculino, seguramente fue la semilla de lo que hoy conocemos como enamoramiento, tan ligado al nacimiento del amor y a toda la cascada de sentimientos y sensaciones que se originan en ese cruce de caminos.

En los primero tiempos, el Amor no fue definitivo ni decisivo y tanto en la antigua Grecia como en Roma, el Amor era una presencia difusa, que no se relacionaba con el concepto sentimental de pareja que ha llegado a nuestros días. Digamos que el Amor era una posibilidad, incluso remota, pero no necesaria. y que la finalidad última de las relaciones entre mujeres y hombres era la procreación, en unos casos, y el placer en otros.

Tenemos que viajar en el tiempo, hasta el siglo XII para encontrar el primer atisbo del amor romántico, el Amor Cortés, que hablaba, por boca de trovadores y poetas, sobre adulterios y amores imposibles y platónicos.

A esos siglos lúgubres, llenos de más sombras que de luces, de matrimonios convenidos, de pandemias, miseria, guerras y de abusos feudales, les siguieron otros más iluminados e ilustrados, así que a finales del siglo XVII, con la llegada de la Ilustración, se empezó a admitir la importancia del “afecto” en la elección del cónyuge y, de paso, a considerar también lícita la búsqueda del placer sexual dentro del matrimonio, que digo yo que por el mismo precio, pongamos empeño y disfrutemos de la vida, que son cuatro días y dos cortes de pelo.

A finales del XVIII (principios del XIX) llegó, para quedarse, con el Romanticismo, la vinculación definitiva entre el amor romántico, el matrimonio de libre elección, la pasión y  la sexualidad, y aquí andamos, dos siglos después, debatiéndonos, aún, entre unas ideas, emociones y realidades, en el fondo similares a las de entonces.

El Amor Romántico ha sido, es y será duro de pelar; es el paradigma del amor verdadero, una aspiración máxima, una metáfora de la felicidad de la pareja, sea ésta del tipo que sea… ¿Quién se atrevería a llevarle la contraria?

Pues los expertos, aquellos otros que dicen que, al final, todo es pura química, y que no hay más: ni corazón, ni almas extasiadas y consumidas por el ardor del deseo, ni mariposas en el estómago: nada de nada, sólo elementos químicos y sustancias que se combinan entre sí para ofrecernos un amplio abanico de sensaciones y un vendaval de desórdenes emocionales que nos llevan, de cabeza, a decir las cosas más cursis y más bonitas del mundo, a ver la vida a través del filtros irracionales, que ríete tú  de los de Instagram, y a sentirnos con capacidad para levitar desde las 7 de la mañana, hasta que caemos rendidos a los pies de la noche y de nuestro gran amor. Esos mismos expertos reconocen una cierta enajenación/ locura en el proceso del amor, así que de ahí la expresión “perder la cabeza” o “estar loco de amor”.

Parece ser, además, que somos muy parecidos, los unos a los otros, y que puestos a perder la cabeza por amor, lo hacemos, todos, de manera similar y pasamos, uno detrás de otro, en procesión, por las mismas fases cuando nos enamoramos: cuando todo se desata y se destapa, actuamos, literalmente, bajo el efecto de esas poderosas drogas que producen, naturalmente, los cerebros enamorados: la dopamina, la oxitocina, la serotonina y, a partir de ahí, todos sabemos los estragos que causa la química del amor…

ombres al Delta de l'Ebre

 

San Valentín se ha erigido, a golpe de marketing, en el patrón de los enamorados y, desde la perspectiva más amable que promociona la festividad, el amor se ha convertido en un sentimiento almibarado, muy próximo a lo que nos explican, sobre él, las películas de la factoría Disney. Pero la “Historia del Amor”, en mayúsculas, del Amor Romántico, se escribe, de puño y letra y sobre una amplia escala de grises que va desde el blanco más blanco, al negro más negro, porque no siempre ha sido sencillo, ni recomendable, dejarse llevar por el corazón en los asuntos del amor… Que ya todos sabemos que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.

Y para muestra… un botón, o una encuesta, como se prefiera:

En el año 2004, en Argentina, se realizó un estudio en el que participaron 280 personas; el grupo estaba formado al 50% por hombres y mujeres; el 70% de ellos (y ellas) estaban solteros; la media de edad se situaba en 27,4 años.

Entre muchas variables, la respuesta a dos preguntas clave, no deja de sorprendernos:

  1. Si una persona tuviese todas las características que usted considera deseables, ¿viviría con ella aunque no estuviese enamorado?
  • El 80,0% de los hombres contestaron NO y el 84,3% de las mujeres hicieron lo propio.
  1. Si el amor se termina ¿es preferible para ambos separarse y comenzar una nueva vida?
  • El 94,3% de los hombres respondieron SÍ, al igual que 91,4% de las mujeres.

Hagamos, ahora, un saludable ejercicio de reflexión:

  • Hagámonos esas mismas preguntas.
  • Respondámonos con sinceridad.

¿Será verdad que han pasado cientos de años y seguimos anclados en la idea del amor romántico? ¿No tenemos remedio? ¿Creemos en Él?… Aquí, una servidora, sí, desde siempre, pero eso sí, en un amor romántico puesto al día y renovado.

Según Gabriela Ferreira (1995, pp. 179-180), el amor romántico implicaría, esto, para los miembros de la pareja:

  1. Entrega total a la otra persona.
  2. Hacer de la otra persona lo único y fundamental de la existencia.
  3. Vivir experiencias muy intensas de felicidad o de sufrimiento.
  4. Depender de la otra persona y adaptarse a ella, postergando lo propio.
  5. Perdonar y justificar todo en nombre del amor.
  6. Consagrarse al bienestar de la otra persona.
  7. Estar todo el tiempo con la otra persona.
  8. Pensar que es imposible volver a amar con esa intensidad.
  9. Sentir que nada vale tanto como esa relación.
  10. Desesperar ante la sola idea de que la persona amada se vaya.
  11. Pensar todo el tiempo en la otra persona, hasta el punto de no poder trabajar, estudiar, comer, dormir o prestar atención a otras personas menos importantes.
  12. Vivir sólo para el momento del encuentro.
  13. Prestar atención y vigilar cualquier señal de altibajos en el interés o el amor de la otra persona.
  14. Idealizar a la otra persona no aceptando que pueda tener algún defecto.
  15. Sentir que cualquier sacrificio es positivo si se hace por amor a la otra persona.
  16. Tener anhelos de ayudar y apoyar a la otra persona sin esperar reciprocidad ni gratitud.
  17. Obtener la más completa comunicación.
  18. Lograr la unión más íntima y definitiva.

Leo las frases y se me escapa una sonrisa ingenua pero, en una segunda y en una tercera lectura, algunas frases me provocan un cierto rechazo y otras un rechazo total, porque descubro que entretejidos a esas palabras, aparentemente inofensivas, aparecen conceptos, pensamientos y emociones que han contaminando, a veces, las relaciones amorosas entre hombres y mujeres en particular, y las relaciones amorosas en general, desde el principio de los tiempos. Algunas de las lacras más atávicas de nuestras sociedad, como la violencia de género, parten de premisas de ese tipo.

Y es que, igual que hablábamos en referencia a la educación , a la paternidad y la maternidad y a tantas otras facetas y aspectos de nuestras vidas, el amor romántico, como concepto y como realidad, también se encuentra en proceso de revisión… ¡O debiera!

¿Quizá una de las diferencias entre el Amor Real y el Romántico sea que el Amor Real quiere el bien de la otra persona, y el Amor Romántico quiere a la otra persona, al precio que sea?

¿Os identificáis con alguno de esos ítems? ¿Os han sorprendido? ¿Cómo redefiniríais el amor romántico?… El amor: ¿cómo definiríais el Amor? ¿Qué ítems cambiaríais? ¿Cómo les daríais nueva redacción?

Decía Benedetti que “la droga del amor tiene sobre las otras la ventaja de que con ella es mágico enviciarse…/… una hoguera se enciende sin pasarnos aviso”

En eso sí que estoy de acuerdo: cuando el amor nos asalta sin pedirnos permiso, no podemos hacer otra cosa que dejarnos llevar… ¿O sí?… ¿Podemos hacer algo más?

Llevo días reflexionando sobre el amor… ¡En realidad llevo toda la vida, pero eso es otro tema! Pensaba en escribir algo coincidiendo con el 14 de febrero; sí, sí, original donde las haya, así soy yo.

Hoy, de madrugada, me he despertado, he ido al baño y a la vuelta, he visto a M. dormido. Una expresión bonita en su cara. La indefensión y el abandono propios del sueño. Le miraba, sin pensar, sólo le observaba y me dejaba sentir y, poco a poco, la gramática de las emociones ha ido ordenando un alfabeto intangible hasta escribir un “te quiero”, sin más preguntas ni más respuestas. La ortografía torpe del YO que no vive colgado de una neurona, sino de un latido,… o un latido y medio.

Ahora, aquí, vuelvo sobre ese “pensimiento” (entre pensamiento y sentimiento) y desde estos párrafos desordenados me respondo a la pregunta que no acerté a formularme esta mañana: ¿Por qué?

Los poetas saben mucho más que nosotros de la vida, porque son capaces de asaltarla sin protecciones ni corazas; en contrapartida, es cierto que se estrellan estrepitosamente contra la realidad muchísimas veces, pero tantas y tantas otras salen airosos y viven desde una intensidad que muchos de nosotros ni siquiera olfatearíamos aunque viviéramos doscientos años; Jaime Sabines, el poeta mexicano, como tantos otros, vistió el amor con palabras exactas:

“Te quiero como para invitarte a pisar hojas secas una de estas tardes. Te quiero como para salir a caminar, hablar del amor, mientras pateamos piedritas. Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles…”

¡Eso es!…Es ese tipo de Amor: Celebremos. Vivamos. Amemos. Seamos historia.

Nos vemos en un ratito… Preparando alguna sorpresilla para nuestro amor. Por aquí andaremos. La puerta, como siempre, abierta.

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